Esta mañana, en un momento de descuido de esos que se tienen, veo como Víctor esta aporreando la puerta de arriba de la pecera, obvio es que yo no le dejo (tan obvio como que a el le trae al pairo que yo le deje o no). La cuestión es que él sigue intentando abrir la puerta de la pecera y que me mira con cara de angustia, cuanto más le digo que no más sigue insistiendo y mirándome como diciendo “que no, que no, que es una urgencia”. Lo más destacable es que, aunque a un padre le cueste reconocerlo, tenía razón, puesto que en el fondo de la pecera yacía inerte el teléfono fijo (en otros tiempos también llamado teléfono a secas).
Visto el hecho y que puede que todavía pudiéramos salvarlo (eso no se lo cree nadie, pero queda muy lírico), intento meter la mano para sacarlo, pero resulto imposible, puesto que mi mano no cabe. Entonces, llamemos al forense y una vez levantó acta, procedí a vaciar de agua el lugar del crimen para sacar el cadáver de nuestro medio de comunicación más barato (eso de la tarifa plana tiene su encanto) y, si allí en el fondo de la pecera estaba ese pobre teléfono inalámbrico.
Visto lo visto, se procede a la autopsia y, por lo que parece, todavía resistía en un pseudocoma de panel de información encendido, pero ya sus teclas no tenían nada que decirnos (ni marcarnos). Así, triste y en una lucha fraticida (iba a decir una lucha suicida pero no tiene mucho sentido) lo he dejado encima de la cocina de casa, secando sus llantos (y también el agua).
Puede que al volver ya no esté, o puede que Víctor haya inventado el teléfono subacuático inalámbrico (espero que las compañías de teléfono no hayan leído esto, porque entonces se acabó el nadar tranquilo).
R.I.P.
Nadie nos molestará a la hora de cenar como tu lo hacías



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